"Se despertó con el sonido repetido de metal golpeando contra metal. La habitación estaba iluminada por la luz de una vela que había olvidado apagar. El libro con el que se había quedado dormida, seguía abierto sobre su regazo. Fuera llovía a mares. No era una noche de tormenta, solo lluvia. Los golpes no cesaban, más bien aumentaban su cadencia y también su intensidad, como si golpeasen cada vez más fuerte. Apartó las pesadas sábanas y al instante sintió el frío en la piel, por debajo del camisón. Se calzó rápidamente para no pisar la piedra y cogió la bata que descansaba en una silla cercana; se la echó por encima y fue hasta la ventana. El cielo estaba completamente cubierto de negras nubes, ni rastro de la luna o las estrellas. El patio del castillo estaba completamente oscuro, a excepción de la débil luz emitida por una antorcha. No podía ver quién la sujetaba; pero sí a quien pretendía alumbrar. Melena oscura, torso desnudo y fuerte, un pantalón rojizo completamente pegado a su piel debido a la lluvia que le empapaba. Espada en mano, golpeaba uno de los muñecos que se empleaban para entrenar a los jóvenes que accedían a la guardia. No necesitaba verle para saber que sus ojos eran de un azul claro que harían suspirar a cualquiera. Conocía esos rasgos a la perfección.
Frente a él, su enemigo aguantaba los golpes sin queja. El sonido metálico que la había despertado no era más que la espada golpeando la armadura rellena de paja. Trató de pensar qué motivo podría haberle llevado a descargar su furia a golpes contra un muñeco, bajo aquella lluvia torrencial en plena madrugada. No se le ocurría ninguno. De pronto, le observó lanzar un grito desgarrador al cielo y sintió la necesidad de apartar la mirada. Se llevó una mano al pecho y sintió su corazón latiendo desbocado. Su respiración se había acelerado y en su vientre crecía un deseo impulsivo de correr a abrazarle, de calmar su dolor. Odiaba verle sufrir. Pero le conocía demasiado bien. Él no necesitaba un abrazo. Le escuchó reiniciar sus golpes, cada vez más fuertes.
Decidida a ayudarle, cambió sus cómodas zapatillas por sus botas de montar, ató bien la bata y salió por la puerta. No había nadie en los pasillos. Desenvainó la espada de una de las armaduras decorativas que se cruzó justo antes de salir al patio. El frío la golpeó en la cara y tuvo que cubrirse de la lluvia con otra la manga para avanzar hacia él. En apenas unos segundos, ya estaba completamente empapada. Aun así y sintiendo el camisón y la bata pegados a sus piernas, avanzó hasta ponerse frente a él y detener un nuevo golpe dirigido al muñeco de entrenamiento. La cara de sorpresa duró apenas un segundo, antes de mutar a una ira aún más intensa.
- ¡¿Qué haces aquí?! ¡APARTA!
Ella no respondió, solo le lanzó un golpe para obligarlo a retroceder y defenderse. Y luego otro. Y otro más. Él no tardó en reaccionar y enfrentarse a ella. Cuando él gritaba, ella gritaba más fuerte, devolviéndole el ataque, sin miedo alguno. No habría sabido decir cuanto tiempo estuvieron luchando; pero cuando la duda apareció en sus ojos, ella aprovechó el momento y le desarmó con una rápida finta, dejando la espada en su cuello. Él clavó sus ojos en ella y le sostuvo la mirada, desafiante. Ambos jadeaban por el esfuerzo. Finalmente, él se dejó caer de rodillas frente a ella y comenzó a llorar. Ella lo miró atónita.
- No puedo... No puedo hacerlo. - Ella lanzó su espada a un lado y se arrodilló frente a él para abrazarlo. Él no se resistió, sino que se abrazó a ella con fuerza.
- Tranquilo. Todo saldrá bien... - Empezó a susurrarle ella al oído, en un intento de calmarle a él y también a sí misma.
- No te vayas. Quédate conmigo... No lo conseguiré sin ti.
- Eh, eh... - Le cogió la cara con las manos y le obligó a mirarla. Apenas podía verle con todo el pelo aplastado y pegado por la cara. Se lo retiró con una mano y trató inútilmente de secarle la cara. En sus ojos pudo ver el cansancio y la presión que había estado soportando los últimos días. Sonrió un poco y le habló con dulzura. - No me voy a ninguna parte. Estoy aquí. ¿Vale?
- Ya he perdido demasiado. No quiero perderte a ti también. No puedo perderte otra vez. No lo soportaré. - En su voz pudo intuir el miedo que sentía. Ella no lograba imaginarse la presión que cargaba dentro y se enfadó un poco consigo misma por no haberle ayudado antes, por no darse cuenta antes.
- Eres nuestro rey. Y soportarás lo que sea, porque puedes hacerlo. Tienes la confianza de todo tu pueblo. De tus caballeros. Y yo también tengo fe en ti. - Él empezó a bajar la mirada, pero ella le sostuvo entre sus manos con firmeza. - Eh. No vas a perderme nunca más. ¿Vale? Me voy a quedar contigo.
- Prométeme que estarás a salvo. - Ahora era él quien sostenía su cara y la obligaba a mirarle. - Prométeme que cogerás a cuantos puedas y huirás por los túneles con la primera señal de alarma.
- Te prometo que no moriré antes que tú. - Le respondió ella.
- Eso no es lo que he dicho...
- Ya lo sé. Igual que sabes que no puedes pedirme eso. No voy a dejarte atrás. - Él esbozó una pequeña sonrisa.
- ¿Y si te lo ordeno como tu rey? ¿Qué harás entonces?
- Desobedecerte. Como hago siempre."
Los echaba mucho de menos... Casi tanto como mi vestido verde medieval. Ese que llevo poniéndome 4 días seguidos, mientras bailo frente al espejo con música de la época de fondo.
Los echaba mucho de menos... Casi tanto como mi vestido verde medieval. Ese que llevo poniéndome 4 días seguidos, mientras bailo frente al espejo con música de la época de fondo.