Es curioso el humor propio que tienen los días en sí mismos.
Hoy amaneció anunciando el fin del mundo, depresión por exámenes, asco de levantarse por la mañana, prisas porque llegas tarde, te olvidas de las cosas, etc.
Antes de salir de casa, cara al matadero universitario, tu madre te dice: "Hoy puede ser un gran día". Contestas que "ya veremos..." y te vas cabizbaja sin darle importancia.
¡Qué ingenua eres, Ishys!
Llegas al primer examen, dormida y con un "voy a suspender" claramente escrito en la cara. Te encuentras con un examen de epidemiología que en lugar de ser lo más imposible del mundo, resulta que no lo es tanto. "Pues igual llego al cuatro y me compensa" piensas.
Entras al segundo examen (diagnóstico por imagen y anestesiología) con un "no cantemos victoria todavía, que de estos exámenes no hemos mirado ni el título". Error. Resulta que, con total seguridad, los vas a aprobar (vamos, hasta un microbio que no llega a célula los aprobaría).
Acto seguido te diriges a la muerte súbita absoluta de Propedéutica y medicina general. "¡Oh, Dios; voy a morir, me he mirado menos que nada y tengo pendientes asignaturas que son precisas para aprobar esta!" En esas estás cuando aparece el profesor de cirugía y te llama a hacer un examen del que ni siquiera te acordabas. Te entra el pánico y la ira por volver a presentarte a un examen en el que tienes un 8'5 porque al profesor idiota de Diagnóstico le salió del twinkol (y eso que es chico, mira si es grave). Entras en la sala, Joaquín Sopena (doy gracias a quien haga falta por haber puesto a ese hombre en la Tierra) te dice con su mejor sonrisa que no es un examen, que es un repaso y te mantiene la nota del anterior o que en todo caso te la sube.
"Demasiado bien va la mañana". Te dices intentando que la euforia del milagro no se te suba a la cabeza.
Sales y por fin caes en la cuenta de que sólo falta el examen de propedéutica y medicina general (lo que había ido a hacer en un principio...). Ves pasar a la profesora que examina de vacas y te quieres morir porque las vacas en ese momento son más extrañas que los extraterrestres para ti (vamos, que no sabes ni que se llaman vacas). Pasa de largo. Respiras. Pasa la profesora de caballos y te acuerdas de que esos animales a los que admiras no son la mejor opción para examinarte y aprobar. Pasa de largo. Respiras.
Aparece la profesora de perros y se ilumina una leve esperanza de aprobar. "Muy bien ha ido la mañana, no me va a tocar perros". En efecto, descubres apenada que te tocan caballos. Te resignas a suspender y probar suerte en julio. Aparece la profesora de perros otra vez porque se ha quedado sin alumnos que examinar (bendita gente que ha optado por no presentarse); se va con la profesora de caballos a ver si puede examinar a otros aunque no le tocaban a ella. Vuelve, ninguno de los alumnos estaba presente. Se va de nuevo y regresa. "¡Que me toque a mí, no queda nadie más! ¡Que me toque, por favor! ¡Por favor, di mi nombre!". Miras al cielo con súplicas y el cielo te escucha:
- ¿Diana García Ortí?
Te levantas de la hierba y sigues a la profesora que te sonríe amablemente (valga la redundancia) como un perrito para examinarte de perros. No quieres parecer idiota porque ante todo eres una dama y debes guardar la compostura (especialmente en público) pero te concedes unos instantes de alegría y das un par de saltitos en dirección a la sala de examen. Dentro te espera una perrita encantadora y buena, un examen que sabes hacer (aunque te cueste darte cuenta de que es un perro y no un caballo porque tus neuronas siguen pensando en pasado). Lo poco que te falta, lo sacas con ayuda de la profesora y lo acabas haciendo estupendo. Te dice que ya está, sales haciendo un comentario (como quien no quiere la cosa) sobre que ojalá tengas suerte y apruebes y ella te conteste que sí, estás aprobada.
Abres la puerta y buscas a tu compañera para irte en su coche, le haces un gesto con la mano cuando la ves y en ese momento notas que por mucho que andas, tu cuerpo no está avanzando. La profesora de perros te pregunta si estás bien y tú notas un ligero dolor en la frente, tus ojos ven un señor poste de hierro más ancho que tú y que, sin ninguna explicación posible (ni siquiera mágica) tú no has visto.
"Me he dado con un poste. Esto no es propio de una dama."
Ese es el único pensamiento coherente que pueden componer mis neuronas ante tal situación. Me arreglo en mono de granja y me voy con paso orgulloso y un "yo no me he dado contra ningún poste y nadie de mi clase ha visto nada aunque me estén mirado todos con cara de poker face" escrito en la cara. Superclaramente bien escrito.
- Diana, estás... (empieza a preguntarme una compañera).
- No. (Con tono de "no, no es verdad lo que estás pensando". Sonrío) Yo no me he dado contra un poste y vosotras no habéis visto nada.
Una vez en casa, he pasado la tarde con mis caballos (de los que no me examiné esta mañana) en los sims. He bebido agua con canela, limón y azúcar.
Es curioso ver cómo cambia el humor de los días...
Mi madre tenía razón:
¡Hoy puede ser un gran día!