Aún no ha nacido el monstruo que pueda vencerte.
No tengas miedo del suelo. Es una perspectiva temporal.
Lo sabes.
Descansa.
Y ponte en pie otra vez.
No importa qué te digan. Si escuchas tu voz atentamente, la que eres tú y la que sigo escuchando yo aunque no lo creas, dice que puedes.
Repítelo.
No importa si es porque lo sabes o porque piensas que por repetírtelo más, te lo creerás más.
Repítelo otra vez.
No te estoy esperando.
Voy contigo cada día.
Vamos todos contigo. Estamos a tu lado aunque no nos veas.
La vista es solo un sentido. Te quedan cuatro más en los que confiar.
El cielo sigue ahí para ti. Tu lugar sigue ahí; estás en él. Pero avanzas a otro destino porque ya has llegado a la meta.
Suelta la espada si te cansas de luchar. Eres ágil y veloz. Eres más lista. Esquívalo. Escondete un breve segundo y coge aire. Abrázate como te abrazaría yo. Como te abrazamos todos cada día en nuestro corazón.
Ponte en pie. Y corre de nuevo.
Eres más fuerte.
Lucha y vuelve a volar alto.
No te rindas.
Porque perderás batallas, pero nunca la guerra.
Lo sé porque eres tú.
Porque si te falta la fe en tí, yo te presto la mía.
Cógela y ataca de nuevo. No te faltan armas. Te sobran.
Porque eres tú.
Y te sigo queriendo contra todos tus enemigos.
No me atacan. Estoy fresca y lista para la pelea. Y eso te da ventaja. Solo tienes que dar la orden y verás un ejército a tus espaldas.
Porque mi móvil vive y duerme conmigo; en máximo sonido (con rarísimas excepciones), aunque no te lo diga. Solo para emergencias.
Porque si esa llamada llega, no estoy dispuesta a fallarte.
Pero no es necesario ningún ejército.
Porque eres tú.
Y no te hace falta que yo te lo diga.
Aunque ya te lo he dicho.
Hasta el final del mundo.
Te quiero.
Con todo lo que conlleva, amiga.
Porque eres.
Simplemente.
TÚ.
Por favor, no lo olvides.
Duda si quieres.
Pero no lo olvides nunca.